Calles atestadas de gente a contra reloj, bocinas, humo, y todo lo que hace que un espacio no tenga nada de tranquilo. Y ahí estaba ella, llegando otra vez un trabajo, de esos, donde todo lo que hacía nunca era suficiente. Por unos segundos, tuvo la sensación de estar caminando en el aire, como si flotara. Siguió caminando y cruzando calles con semáforo, pero la sensación seguía ahí.

Fue en ese instante, en que empezaron a decantar algunas preguntas: ¿Qué me está pasando? ¿Por qué camino en el aire? ¿Me estoy volviendo loca. Aparecía el primer síntoma claro, que le decía que no se estaba escuchando: la ansiedad y esa sensación de irrealidad la volvía espectadora de una película dramática.

Ese momento clave, donde se dió cuenta de que algo anda mal, pero ni siquiera encontró las palabras para decir lo que es, pero a la vez no es.

Ahí se dió cuenta. Se dio cuenta que decir SI a todo, pesa.

No saber poner límites, pesa.

El silencio, pesa.

Cumplir expectativas de Otros, pesa.

No llorar, pesa.

Los secretos pesan.

Una noche, sintió una fuerte opresión en el pecho: le faltaba el aire y no podía respirar. El peso ahora lo sentía, pero encima. Entendió que no alcanzaba con DARSE CUENTA, sino que era hora de HACERSE CARGO, de ese peso que había cargado sobre si misma, y que, ésta vez, no podía descargarlo sola. Todo estaba bajo DES-Control.

Necesitaba de alguien que la escuche, cuando ni ella misma podía. Que la sostengan, porque ya no podía sostenerse. Sostenerse y dejarse sostener.

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